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0 Mythos. El mito. Rasgo genuino del pensamiento humano.


A Grecia le debemos muchas palabras, entre ellas el término mito. Ninguna lengua moderna ha podido sustituir esta palabra cuyo origen puede remontarse a los inicios de la comprensión humana en su afán por entender el mundo que le rodea, no sólo en el aspecto físico sino en la más interna experiencia de la vivencia del ser, faceta muy olvidada en estos frenéticos tiempos. El significado original de la palabra deriva de la noción propia de “discurso”, es a partir del siglo V a.C. cuando vino a significar “relato de unos sucesos” o “historia”. En esta ocasión vamos a intentar introducirnos en la mentalidad que dio origen a los mitos, hilvanando fino una teoría integrativa sobre su origen rompiendo una lanza en aras de la inteligencia humana frente a los desafíos de un mundo indómito, hostil y desconocido. Una teoría que puede juzgarse de paradójica porque sostiene que el mito es fruto de una intención racional que sólo pretende remarcar el valor de hechos con trasfondo real y mensajes instructivos en unos relatos que son tesoros del saber de un tiempo ancestral. El significado de los relatos se contuvo en un fantástico recipiente no exento de ingenio, el mito.

El origen del mito es muy difícil de determinar. No hay una explicación más certera que otra, en el mundo griego cada ciudad generó sus propios mitos que crearon más confusión al generarse muchas versiones diferentes, a veces incluso contradictorias. El mito fue adaptado de la tradición oral a mediados del siglo VIII a.C. En esta época descollan Homero y Hesíodo, sus obras constituyen la principal fuente de conocimiento de los mitos griegos. Es interesante señalar que la Teogonía de Hesíodo comparte elementos comunes con los mitos de creación del Próximo Oriente. La mitología griega también contiene rasgos similares con la mitología indoeuropea, no es causal que cuanto más hacia atrás viajemos en el tiempo encontramos mayores parecidos, este fenómeno podemos verlo como un regreso hacia una mitología raíz o varias mitologías madre del que parten las demás.

Empecemos por destacar que existían dos formas de ver la vida, dos prismas filtraban la luz de la realidad, el espíritu heleno se movía básicamente entre dos modos de pensamiento, el logos y el mythos, el “razonamiento” y el “mito”. Para algunos estudiosos son opuestos, para otros perfectamente compatibles, puesto que hay logos que resultan ser errados o falsos (como las verdades provisionales de la ciencia, que son sustituidas por otras, dejando las anteriores "verdades" como erradas, falsas, cuando cambia el paradigma, sin embargo se funcionó con ellas para seguir adelante) y mitos que “aciertan” y resultan ser verdades en su intuición o conclusión, guardan un fondo de certidumbre en lo imaginable, discurrían sobre cosas inventadas que luego resultaron ser ciertas (como los átomos con los que especulaban Leucipo y su discípulo Demócrito en el siglo V a.C., y que gracias a la lectura de estos pensadores se pudo en el siglo XIX descubrir los átomos y mucho más…). Unas líneas más abajo nos detendremos otra vez sobre los conceptos de logos y mythos.

El mensaje del mito es lo que importaba, no su literalidad.

Hace miles de años, cuando la escritura no estaba desarrollada, la tradición oral era pilar fundamental para la recogida de datos que nos facilitaban la vida, relatos importantes para el grupo humano que los acogía, para compartir y transmitir. Sería lógico, si se me permite la ironía, pensar que el mito está enraizado en unos tiempos tan remotos donde la tradición oral pesaba más que cualquier otra forma de transmisión de conocimiento de los hechos memorables, de los intereses o deseos de estas culturas, serían unos relatos auténticos dignos de recordar. En este sentido, el mito podía ser un mecanismo de educación o culturización a través de historias acumuladas no habiendo otra forma de retenerlas que despertando la fantasía como método pedagógico que seduce e impresiona, clave de su éxito. El cúmulo de historias orales sería tan enorme, habría tantas historias y detalles que costaría recordarlas de viva voz de generación en generación. Además, sería tedioso tanto para el oyente como para el transmisor narrar interminables relatos fidedignos en la medida de lo posible, cuyo volumen va creciendo siglo tras siglo. Pronto se dieron cuenta que no es viable acumular todo y más, que el tiempo genera más y más historias, y menos aún recitar todo sin matar de aburrimiento al personal, hay que producir cierta ensoñación o fascinación con el objetivo de conservar/enseñar y a la vez ser ameno y atractivo. La ventaja es la compilación de todo a través del mito estableciendo el vínculo con el pasado; y la desventaja sería la pérdida del detalle exacto y la necesidad de una agudeza mental, hoy día muy mermada, para entenderlo, en su defecto pueden extraerse diversas interpretaciones, varios significados. Otro defecto es que con el tiempo el mito se transforma, a veces pierde el sentido, incluso acaba degenerando hasta que nadie lo entiende. Del profesor Domingo Plácido Suárez, actualmente Catedrático Emérito de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid puede extraerse una brillante y clara conclusión sobre la transición del mito oral al escrito: "...el momento crítico para la estabilización del mito es la época arcaica en sus orígenes .../... El período oral, del Paleolítico a la escritura alfabética, se sintetiza en un sistema complejo y polisémico, suficientemente ágil para conservar su vitalidad como instrumento del pensamiento y de las mentalidades de los períodos arcaico y clásico de la cultura griega."

Conforme se iban incrementando los relatos el ser humano tuvo que optar entre una cascada de sucesos interminables verídicos (hazañas loables aunque también sufren obviamente el efecto bola de nieve), o la alternativa de resumir reteniendo lo más importante del relato con ingenio, creatividad, fantaseando en clave simbólica rehaciendo en un relato seductor y a la vez misterioso que juega con las pasiones humanas, que tampoco se libraría del sempiterno efecto bola de nieve. Así el sabio narrador prefirió dar más importancia al significado que desprende el mito, que al detalle riguroso o minuciosidad verídica de los hechos vertidos en él. No importaba tanto que sucedieran exactamente de una forma o de otra, ni el grado de verdad de los hechos o sus protagonistas. Lo que primaba, lo que se buscaba es un significado que tenga una función de ejemplaridad, que extraiga con sagaz interpretación cualquier idea que pueda aplicarse a un problema o inquietud en la vida real que nos tiene paralizados. El propósito lo da el mito ofreciendo una salida a la adversidad que nos acecha, la explicación a ciertos fenómenos aterradores para seguir adelante, la capacidad de atisbar un orden soberano que rige o estructura el destino de todas las cosas. En cierto modo, desde este enfoque puede decirse que los mitos contribuyeron a crear un orden en el mundo.

Los mitos ayudaron a definir aspectos de la vida, nos descubrieron la belleza de lo incomprensible para no temerlo y afrontarlo. Al darles un sentido toda adversidad queda humanizada mediante el revestimiento mitológico, de eso se trata, de atraer lo incomprensible hacia nuestra comprensión, atraer lo divino hacia lo humano. Superar la adversidad tratando de humanizar lo incomprensible, o lo que sentimos como inhumano: las adversidades y peligros, la fertilidad de la tierra, de los animales, el milagro de una nueva vida, el destino de una inevitable muerte, el origen de todas las cosas, un sentido por el que vivir…. Los humanos asumieron el concepto de los dioses no como una necesidad sino como una admiración de todas las maravillas y decepciones que forman parte inevitable de la existencia, de los ciclos naturales que rigen el mundo. Los mitos, las divinidades y sus héroes no se crearon para temer ni dar miedo como se propaga sin cesar ensuciando toda la belleza y creatividad de este pensamiento, sino para todo lo contrario, para comprender y respetar un orden establecido, para sublimar las virtudes, conocimientos y habilidades admirables (los propios de la época) que emanan de unos conceptos humanizados de perfección, por eso existían dioses de la fecundidad, del amor, de la muerte, de la guerra, de la caza, de la medicina, de las artes, de la sabiduría, del Océano…


He aquí una de esas diosas, acaso una antigua heroína de un tiempo remoto que acabó divinizada: Artemisa, hermana de Apolo. Cazadora que recorre los bosques en compañía de las fieras y las ninfas de la montaña, fue también protectora de las parturientas. Trágico final tenían aquellos que amenazaban su castidad. Entre la población rural, Artemisa era una divinidad muy popular. Su carácter y función varían enormemente de un lugar a otro aunque predomina la imagen de una diosa de la naturaleza salvaje. En Esparta donde fue muy querida, fue el arquetipo de mujer lacedemonia, protectora de los jóvenes, ideal del entrenamiento deportivo, de la excelencia física. Imagen: detalle de la “Artemis of Versailles” obra de Leócares a mediados del siglo IV a.C.. Foto de Hervé Lewandowski. Museo de Louvre, París, Francia.

El avance de la razón no mermó la trascendencia de la mitología, porque los griegos comprendieron que los mitos eran historias tradicionales que encarnaban la herencia del mundo helénico. Es por este motivo que el mito siempre fue una herramienta de la comprensión, una necesidad fundamental indisoluble del espíritu humano. Al igual que la razón, el mito tiene la ambición de explicar el mundo a su manera, haciendo inteligible sus fenómenos, para ofrecer al ser humano un modo de actuar sobre el Universo, para asegurarse su posesión espiritual y material.

A inicios del siglo XIX se pensaba que el mito era una etapa “prelógica” o de “pensamiento primitivo”, insensible a la razón. Nada más lejos de la realidad. Este esquema se basaba en una doctrina que dividía la sociedad humana en tres etapas: una “pre-lógica o del mito”, una segunda “época de los filósofos”, y la tercera etapa de los “sabios racionales”. Esta doctrina de la corriente positivista heredera del movimiento de las luces francés del siglo XVIII se limitó a exaltar los errores y locuras de un tiempo pasado, si bien parece que se olvidó e incluso enterró las locuras de su propio tiempo que deparó las peores calamidades y atrocidades que el mundo haya padecido jamás en nombre de la razón o la libertad.

Otra de las grandes confusiones que ha provocado la mal llamada Era de la Razón es que la gente piensa que antiguamente no existía la razón. La fatua Era de la Razón fue sólo la inauguración de una operación de maquillaje para un mundo donde los eufemismos, la artificialidad, la ambigüedad del lenguaje, la corrupción del significado de las palabras comienza a erosionar los principios y valores universales que tanto hemos tardado en asumir. Sólo la arrogancia de los que se sienten superiores siguen etiquetando con semejante desprecio e ignorancia el pasado como irracional e inferior. Los episodios del pasado pertenecen a otras realidades que exigieron otras actitudes, formas distintas de ver la existencia, de sobrevivir a las circunstancias y condiciones extremas de sociedades que partían de situaciones muy distintas, con largos caminos por recorrer. Ninguna gran civilización imbuida en sus creencias tuvo problemas para desarrollar la cultura y desplegar toda suerte de conocimientos que hoy día heredamos y admiramos a través de los vestigios que han sobrevivido y que nos siguen sorprendiendo. El más claro y brillante ejemplo de la antigüedad fue el mundo grecorromano, pero los podemos encontrar a lo largo y ancho del mundo antiguo, desde las más ancestrales culturas precolombinas hasta el lejano oriente, China.

Como apuntaba al comienzo, los mitos más antiguos hallados en los lugares más dispares guardan ciertas semejanzas que podría apuntar hacia una cultura común, hacia una mitología madre, del mismo modo que podemos deducir que existió una lengua madre del que partieron todas las lenguas que nos llegaron y son detectables muchas relaciones entre ellas, pero otras muchas han desaparecido o nadie las entiende. Esto mismo pasaría con los mitos, con el tiempo se difundieron desde varios focos, se desplazaron e interrelacionaron, se transformaron, a veces se difuminaban o diluían, tomaron prestados otras historias, y en definitiva se diversificaron añadiendo o desprendiendo atributos en función de su evolución a través de los siglos.

La percepción que la ciudadanía actual posee sobre las sociedades antiguas está gravemente distorsionada y ha creado torpes estereotipos que beben de un oscurantismo de corte comercial, a veces socio-político con obras y producciones audiovisuales que muy poco se molestan en ofrecer una perspectiva completa y realista sobre la vida y pensamiento de nuestros ascendientes. Sólo se difunden burdas ideas sobre los mitos con una imagen falaz intencionada en muchas ocasiones que pretende colocar al mundo griego y a todos los hombres y mujeres del pasado cómo una sociedad de fanáticos religiosos que sufría la opresión de los dioses, que castigaban y hacían sufrir a la Humanidad. Estas versiones disparatadas que difunden una imagen ponzoñosa siempre esconden las maravillas de unas sociedades que careciendo de tantos adelantos salieron adelante aportando muchas más luces que sombras al desarrollo de la Humanidad. Esta paranoica visión de un racionalismo obtuso se ha encumbrado como tópico y tenemos que desterrarlo en aras del saber. Nos han hecho creer que en la antigüedad la razón brilla por su ausencia y esto es absolutamente falso, la inteligencia era la misma, pero primaban intereses más perentorios y las situaciones fueron más difíciles, cuando no desesperadas. Los antiguos sucumbieron más al juego político, a los viejos enemigos y las rivalidades, a los intereses comerciales, al mantenimiento del poder de una élite, a los valores del mérito militar, arrastrando a las masas, siempre debemos recordar que la codicia es la patria de todos los males. Ningún estado o pueblo declara la guerra a otro porque venere un dios diferente, siempre hay un interés o beneficio en la guerra, el más claro ejemplo fue Troya, aunque se definen dioses antagónicos, el falso choque de civilizaciones, el rapto de Helena cierto o no, todo es una vil excusa, el motivo es siempre, casi siempre, el mismo, la codicia crea una alianza de estados propia de una sociedad pirática en busca de botín.

Y ahora, siguiendo de cerca el trabajo y la visión que tenía del mito el profesor de la Sorbona, Pierre Grimal (1912-1996) definamos los dos modos de pensamiento que fluyeron en el espíritu heleno, son considerados modos opuestos pero entendamos sencillamente que son dos formas de ver y entender el universo, para poder operar y actuar sobre él: el logos y el mythos. Cualquiera de ellos llevados a un extremo degeneran en un reduccionismo que impide ver todos los aspectos de la realidad (que comprenden el mundo tangible y el mundo sensible).


El LOGOS (el razonamiento) es todo aquello de lo que se puede dar cuenta racionalmente, todo lo que alcanza a una verdad objetiva, y es idéntico para todos los espíritus.

El MYTHOS (el mito) era todo lo que se dirige a la imaginación, la creatividad, el ingenio, toda noción que no es susceptible de verificación, sino que lleva su verdad en sí mismo, en su verosimilitud, en la fuerza de persuasión que le confiere su belleza.



¿En qué medida creyeron los griegos en sus mitos?

Si creyeron los griegos en sus mitos es una pregunta delicada porque el concepto que se tiene hoy día de los mitos es muy subjetivo, parcial y deformado, hasta nos puede resultar contradictorio el triunfo del mito a la vista del gran legado cultural que nos dejaron, cabe pensar que el mito estimuló la capacidad creativa e intuitiva del mundo antiguo. Por eso, es mejor preguntarse ¿en qué medida los griegos creyeron en sus mitos?. En esta guisa, con más cautela, podemos responder que los griegos creyeron en los mitos en la medida que les aportaron los conceptos más útiles, puros, bellos y admirables que sentaron bases de todo el sistema cultural que hoy día disfrutamos con una ignorancia supina.


Imagen: recreación del Zeus de Olimpia, por el brillante pintor e ilustrador checo Zdeněk Burian (1905 – 1981). Trasladémonos en el tiempo al Templo de Zeus de Olimpia, ante la colosal estatua sedente obra de Fidias de unos 12 metros de altura, en marfil, con ropajes de oro, majestuoso, bello, solemne, su sola contemplación provocaba en el alma del espectador una sensación de lo divino por la belleza, es en esta medida y sólo en ésa donde emana un concepto sublime de belleza. Poco importa si la imagen de Zeus era fiel o no, sólo su imagen enaltece la sensación de admiración por una belleza, una sabiduría, una conciencia de orden, de la capacidad de realizar grandes cosas, cualidades perfectas extrapolables a la nobleza del genio humano que derivan ideales.


“Quienquiera que tuviera el alma abrumada de tristeza, habiendo soportado muchas penalidades y desgracias en su vida y sin ser nunca capaz de conciliar el sueño tranquilo, hasta este hombre, ante esta imagen (estatua de Zeus de Olimpia) olvidaría todas las cosas terribles y duras que han de sufrirse en la vida humana”.

DIÓN CRISÓSTOMO


Llegados a este punto es indiscutible que el mito promueve la elevación de unos valores que son considerados beneficiosos, placenteros y loables. El propio Fidias reconoció haberse inspirado en los siguientes versos de Homero para representar aquella maravilla del Mundo Antiguo: "Así habló el hijo de Cronos y bajó sus oscuras cejas asintiendo; los divinos cabellos se agitaron en la cabeza del inmortal soberano, y con ellos se estremeció el dilatado Olimpo".

¿A quién le preocupa de dónde vengan o si se han adornado de ficción? si lo que trasciende es su efecto positivo en la voluntad, en el ánimo, la elevación del espíritu, hacia una perfección, hacia un progreso, una acción hacia un propósito elevado, de hecho se encaminaron y triunfaron hacia cotas que hoy admiramos sinceramente, mientras nos decepciona con razón el arte muerto, insulso e insolente del modernismo, que produce el efecto contrario: fealdad, bajeza, indiferencia, demencia o depresión. La mentalidad del mito se esforzó por expresar lo mejor de sus ideales más elevados, así lo manifiesta el vestigio cultural que ha pervivido y en el que deducimos que sólo fue una pequeña fracción de lo que realmente fue en realidad. Creían en el mito, creyeron en los mitos en la medida de los ideales que representaron.

No veremos una sola película en el cine que trasmita esta verdad, al contrario las productoras siguen una tendencia hacia el esperpento y lo tétrico para colocar a los dioses como personajes estrafalarios y lúgubres en un contexto de surrealismo retorcido, lo que dice mucho de los productores, directores, guionistas y artistas conceptuales empantanados, limitados a la fealdad y el desfiguramiento.

Desde luego en el mundo griego cada uno podía tener su propia opinión sobre los mitos, podía creer en ellos en la medida de sus ideales y propósitos, otros podían dudar de ellos, incluso obviarlos y considerarlos algo ajeno. Ciertamente surgieron varias explicaciones críticas que trataron de explicar la presencia de los mitos, estas corrientes de opinión sobre el mito merecen un capítulo aparte.

Por otro lado, hay que señalar que los mitos no dependían de una autoridad religiosa, algunos poetas griegos los trataban con la mayor falta de respeto, otros más sensibles y avispados los modificaban enlazando tradiciones legendarias, precisamente porque tenían la cualidad de captar algunas virtudes o sensibilidades que emanaban de los mitos. El mito puede tomarse como un medio educativo que ofrecía una enseñanza o significación moral, tenían un mensaje inherente como toda historia que se precie, siempre pueden sacarse sus conclusiones y aprender de las desventuras de otros. Por eso daba igual el elemento fantástico, a diferencia de quiénes se tomaban todo el relato literalmente como una fábula insustancial o pueril, ya sea por su propia torpeza o en verdad porque el mito no hay quien lo entienda, se ha deteriorado y ya no sirve ni cumple la utilidad que tuvo en su día. Otros autores adaptaban los mitos para facilitar la transmisión de virtudes de acuerdo con los valores de la época. Es casi lo mismo que los refranes populares, simples, breves y concisos, pero el mito funciona con elementos ficticios integrados y más complejos, desgranado el mito accederíamos a una información valiosa. El problema es que esta operación no siempre es viable porque su mensaje, su carga útil se pierde en el tiempo y las claves de la mentalidad más antigua no las encontraron ni los propios pensadores griegos que intentaron racionalizarlos, otros intentaron ir más allá de la razón, sabedores de los límites del pensamiento racional.

En este orden de pensamiento el mito se convierte en un símbolo, una herramienta para crear percepciones o intuiciones sobre aspectos de la vida que el logos es incapaz de abordar con un método y lenguaje claro, porque carece de una sensibilidad, está limitado a lo cuantificable. El mundo sería un desolado páramo, un aburrido y rutinario campo si sólo existiese el logos, sería un universo de racionalismo puro, inhóspito, alejado de la naturaleza de la mente humana, sin creatividad ni espontaneidad, sin cuerpo sensible, inhumano.

Gracias al mito se ha podido cultivar la historia del pensamiento humano, en la búsqueda de respuestas a temas fundamentales como el amor por ejemplo, se construye un mito para expresar esa intuición sobre la existencia del amor. Así encontramos a Platón, entre otros filósofos creando un mito para expresar una idea de amor como atracción mutua, por supuesto en clave espiritual, en el sentido de media naranja, alma gemela. En su obra El Banquete, imagina que el Creador había hecho a los seres humanos más fuertes y más dotados que en su tiempo. Cada uno tenía dos cabezas, cuatro brazos, cuatro piernas, su fuerza era tal que el señor de los dioses decidió dividirlos por la mitad, resultando nuevos seres con una cabeza, dos piernas y dos brazos, sería de este modo como nació la Humanidad. Pero estas mitades vivas, estos seres nuevos se sentían incompletos y buscan instintivamente su otra mitad que les complete. Este impulso hacia la parte que le falta, esa atracción hacia la otra mitad es lo que Platón entendía como esencia del amor. He aquí un ejemplo sobre cómo este mito trata de explicar el origen de la noción de amor, el pensamiento más superficial se quedará con la imagen inverosímil de los cuerpos de dos cabezas, cuatro piernas y cuatro brazos, incluso invitará a la chanza. El pensamiento más profundo otorga un significado más sincero del mito en lo que refiere a algo más importante, porque como hemos señalado no importa más la veracidad del relato sino la sensibilidad o el mensaje del mismo, que es el amor en este caso, este mito es una alegoría hacia la necesidad vital de unirse, que identifica el amor, que nos da plenitud existencial.

Todos y cada uno de los mitos, con sus dioses y héroes sirvieron a la Humanidad para idear un canto a la búsqueda de perfección en todas las facetas de la vida, en lo sensible y tangible, insuflaron voluntad para desafiar el peligro, enfrentar lo desconocido, la superación de la inacción, a alabar las actitudes admirables y condenar todo mal ejemplo, todo ello empujó a crear las mayores manifestaciones artísticas que contribuyeron a la construcción de grandes edificios, hermosas esculturas de calidad no superada, a la creación de una literatura que explota lo ideal y un enaltecimiento del espíritu humano, en la búsqueda de una perfección dentro del mundo de lo sensible y materializarlo. Las artes plásticas y la literatura beben de la mitología para expresar ideas estéticas que condicionan nuestro entorno, para proyectar una manera concreta de concebir el mundo. Todo el acervo cultural recopilado por la tradición oral desde los tiempos más asilvestrados cuando la actividad principal era la caza, se acumula durante siglos en un proceso de conservación y mantenimiento, a la vez que fue sometido a influencias del cambio y la adaptación, en su conjunto se transformó en un tesoro cultural extraordinario inmerso en una gran complejidad y la dificultad para su interpretación. En un momento concreto toda la carga narrativa mitológica (material oral) se plasmó por escrito estando el mito funcionando perfectamente, y van a circular unas versiones originales u oficiales que los artistas recogen y utilizan para cristalizar sus inquietudes y preocupaciones propias y parejas a su tiempo.

Tal vez los dioses surgiesen cómo una búsqueda inconsciente hacia una dinámica de perfección basada en el cambio observado en la Naturaleza, en las aguas, en los bosques, en los cielos plagados de estrellas, en que todo estaba conectado. Se dedujo razonablemente que algo soberano está detrás de todo este programa que se ejecuta ante nuestros sentidos. La eficacia o triunfo del mito, no depende en absoluto del hecho de que un acontecimiento haya tenido lugar o no, la experiencia arqueológica señala que detrás del mito siempre hay cierta verdad, recordamos nuevamente Troya, cuya existencia tiempo atrás se creía un mito, y son muchos más los ejemplos donde el mito ha dejado en ridículo al logos del académico que los desdeñaba.

Sin el mito la acción resulta imposible, porque en su trasfondo incita a realizar una acción, el mito puede servir al mismo tiempo de protección o servir de inspiración que impregna nuestra conciencia. Los mitos parecen seguir una regla, cuando funcionan tienen un significado y sirven a la sociedad, cuando llegan envueltos en brumas de misterio significa que su verdad interna y su eficacia se han esfumado, y es cuando todos comienzan a preguntarse por su significado, algo inconcebible cuando el mito estaba “vivo”. Nos creemos ufanos porque nos hemos desprendido del mito como si fuera algo inútil o falaz, que ironía ya que los propios señores ilustrados fueron víctimas de su propios mitos históricos, ni siquiera ellos se despojaron del mito, el de la Bastilla o el Juramento del Juego de la Pelota, mitos históricos pero como hemos aprendido, la influencia de estos hechos no depende de su veracidad. Es como extender un rumor falso sobre alguien o algo, una vez que todos han asumido lo que se dice o hizo, ello puede incitar a realizar una acción o mantener una cautela. No sería errado estimar que todos confiaban en la honestidad, en la buena intención del mensaje del mito, en la época que funcionaban en su versión más original.

Por último, unas líneas finales como colofón. Durante siglos e incluso en la modernidad, el mito forma parte imprescindible e inherente del pensamiento humano. La función primordial del mito, al igual que las fábulas, parábolas, refranes, cuentos y leyendas es que sirven para transmitir valores éticos y dar respuesta a muchas de las inquietudes que los seres humanos nos planteamos. El relato mítico está dirigido a entender el mundo y desarrollar mecanismos que animan y empujan a afrontarlo. Por supuesto, algunos mitos pueden no ser válidos porque no se entienden. Lo que nunca debería haberse hecho es modificarlos porque alteran su significado, pero esto ha sido inevitable y han recibido una interpretación equívoca despreciando su papel en la raíz y genialidad de la comprensión humana. Cada héroe y cada situación cumplen una función determinada y al modificarse se creó la confusión. Es inteligente, grato y constructivo creer en los mitos en la medida de los ideales y potencial que representan como estímulo y maestro.


…los mitos no son el producto deplorable de la locura humana…/… son inseparables de todo pensamiento, del que forman un elemento esencial y vital. Sin ellos, la conciencia humana queda mutilada, herida de muerte. Tratar de conocerlos mejor, aunque sea sólo por fuera, es penetrar más en el pensamiento de los hombres, y no es sólo ceder al placer (por legítimo que sea) de leer o releer una colección de hermosas historias.

PIERRE GRIMAL




REFERENCIAS.

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